LOS TRES AMIGOS Y LOS TRES
CONSEJOS
Hubo una época en nuestra
frontera, peor que la de ahora, en que los años fueron malísimos. No llovía
nada de nada sobre nuestras cerrerías. Los cerros se hallaban completamente
pelados. Los animalitos, como los chivos, vacas, gallinas, perros y burros eran
puro esqueleto. Lo único que reinaba era un sol fuerte que todo lo quemaba. Los
algarrobos, gualtacos. ceibos y los overales no eran más que seres cenizos que
se retorcían clamando al ciclo por un poco de agua.
En Jaguay Alto, un pequeño
caserío refundido allí por los cerros, vivían tres campesinos y crianderos de
ganado cabrío que eran bien unidos. Se llamaban Domingo. Hortensio y Arnaldo.
Acostumbraban a reunirse por las tardes, a jugar casino y a darse esperanzas
sobre la pronta llegada de los aguaceros. Así pasaban el tiempo, hasta que un
día, Domingo les propuso:
• Bueno, muchachos. ¿Qué es lo
que estamos esperando aquí? Sólo la muerte nomas; hasta el jaguay se esta
secando. Vámonos mejor a buscarnos la vida a otro sitio. Yo lo que es mañana
mismo agarro para donde sea.
• Por mi parte estoy de acuerdo.
¡ Qué hacemos aquí pues? - afirmó Hortensio.
• Por lo que a mi persona se
refiere, mañana mismo armamos viaje - dio su palabra también Arnaldo.
LA PARTIDA. :
Al día siguiente, de madrugada,
ensillaron sus flacos jumentos, se despidieron de sus mujeres y de sus hijos
hijos, y emprendieron viaje hacia donde los llevara la ventura. Muy penoso,
pero bien resuelto, salieron de aquel caserío cerreño.
Deambularon días sobre días
pasando las de Caín, atravesando cerros, cañadas, caseríos, ya por senderos
peligrosos, ya por anchos y descuidados caminos. Por todos lados abundaba la
desolación, hasta que por fin, como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que
lo resista, se encontraron con un fundo de regular extensión. El dueño era un
señor ya anciano y bastante bondadoso. Para suerte de ellos empezaba la siembra
y necesitaban trabajadores.
• Bien. muchachos, como ustedes
son de lejos, además de su jornal tienen comida y alojamiento gratis -¡les
ofreció don Arturo, el anciano patrón.
Gracias señor — habló Domingo a
nombre de los tres amigos - Nosotros queremos pedirle otro servicio.
•. Si es que se puede, de mil
amores - respondió buenamente el anciano.
• En vista de que ya tenemos
aseguradas la comida y la posada, queremos que nuestros jornales nos sean
guardados por usted hasta el día en que nos vayamos de aquí, ya que hemos
venido a buscarnos la vida por estas lejanías para llevar alivio a nuestros
hogares el día que volvamos.
• De acuerdo, muchachos, me
comprometo a guardar vuestros jornales. :
Así fue como los tres jóvenes
amigos trabajaron durante numerosas campañas agrícolas para aquel señor, sin
ver a sus familias y sin poder mandarles nada por la gran lejura que los
separaba de sus hogares. Lo único que los sostenía en el pensamiento de ahorrar
lo suficiente, como para recompensar a sus seres queridos por las grandes
penurias que sin duda estarían pasando. .
EL REGRESO Y LOS TRES CONSEJOS.
A los quince años de su partida,
sintieron fuerte el apego a la querencia y decidieron volver. Luego de la
faena, a eso de las tres de la tarde, se dirigieron a la casa hacienda donde
fueron recibidos por su patrón.
• Don Arturo, hemos tomado el
acuerdo de volver el día de mañana a nuestros ranchitos - le hizo conocer
Domingo - han sido muchos años lejos de nuestras familias y queremos que tenga
listo nuestros jornales para mañana temprano, ya que partiremos de madrugada. :
El anciano; bastante apenado los hizo pasar a la sala de su mansión. Luego
entró a uno de los cuartos de donde regresó con tres bolsas de cuero completas
de dinero. ' . . • Aquí están sus ahorros, muchachos: ni un real menos ni un
real más.
Los tres amigos miraron muy
contentos los cargados y sonantes talegones, fruto de su laborioso trabajo y
agradecieron al anciano de tantas facilidades que les había brindado.
• Yo. también estoy muy
agradecido por vuestra buena compartía a lo largo de lodos estos años. Como
muestra de mi profundo agradecimiento y en mérito a que ustedes han laborado
con honradez y sacrificio, quiero hacer un trato con ustedes.
• ¿Un trato?
" Si, un trato.
" ¿Que trato es ese, don
Arturo?
• Yo les propongo un cambio.
" ¡ ¿Un cambio?!
• Si, un cambio. Yo les doy tres
buenos consejos que van a serles muy útiles en sus vidas, a cambio de vuestros
jornales. Los consejos se los anuncio en estos momentos y tiene toda la noche
para pensar si es que se los llevan o no. Pero el que acople llevarse los tres
consejos, me dejara sus ahorros; y el que no desea tomarlos podrá llevarse su
dinero.
• Pero, patrón, si aceptamos los
consejos ¿que llevaremos para nuestros hogares? - habló Hortensio.
• Yo lo que es, patrón, no cambio
mis jornales por nada - adelantó muy resuelto, Arnaldo. Domingo, que escuchaba
atentamente, intervino.
• Bueno, amigos. Don Arturo ha
sido claro. Nada perdemos con escucharlo. Dejemos que nos diga sus consejos. Y
ya después, cada uno verá...
El anciano habló con solemnidad:
• Los consejos son los
siguientes: El primero: "Nunca dejes lo viejo por lo nuevo". El
segundo: "Nunca preguntes lo que no te conviene". Y el tercero:
"Nunca te dejes llevar por el primer impulso".
Los tres amigos escucharon con
atención aquellos consejos que por primera vez conocían. El anciano los
despidió diciéndoles:
• Entonces, tienen plazo hasta la
hora de su partida para que me den su última palabra. ¿De acuerdo? ...
• De acuerdo. - respondieron los
tres amigos. . . .
Se encaminaban a la casa donde se
alojaban. Hortensio y Arnaldo ya habían tomado su decisión:
• Ni locos para aceptar el trato;
quince años de trabajo por tres consejos, esta fregado.
Pero si nos pide tan alto precio
por esos consejos es que deben valer verdaderamente. - les alegaba Domingo, si
pueden valer, pero si los tomamos ¿ qué llevaremos para nuestras chozas?.
Hortensio y Arnaldo. realizada ya
su elección, dormían plácidamente. Domingo, sin embargo, se daba vueltas y más
vueltas sobre la barbacoa, pensando y repensando sobre los tres consejos. Mas
se inclinaba por llevárselos, pero lo detenía el tener que regresar con las
manos vacías después de tantos años de ausencia. Era ya cerca de la media noche
cuando tomó su decisión. "Bueno, después de todo, hasta aquí he vivido la
vida a la mas que nunca, sin ninguna ayuda que me oriente en la vida; y un buen
consejo es una buena estrella para no cometer errores graves. Lo único que he
podido aprender es a leer y a dibujar algunos garabatos, y uno no sabe lo que
hay detrás de la vida... Por último ¿que de raro tiene que sin plata haya
venido y que sin plata me vaya?"
Al día siguiente, no bien
empezaron a rebuznar los burros y a cantar los chilalos, se levantaron los tres
amigos. Mientras arreglaban sus alforjas. Domingo les dio a conocer sus
decisión y las razones que lo habían llevado a tomar los consejos. Sus amigos,
asustados, trataron por todos los medios de hacerlo cambiar de parecer. Pero no
lo consiguieron.
Se presentaron ante don Arturo y
cada uno le fue manifestando su decisión. Hortensio y Arnaldo recibieron sus
sonantes bolsas de cuero. A Domingo le dijo;
• Acuérdale de los tres consejos.
Ten presente lo que te han costado. Recuerda: "Nunca dejes lo viejo por lo
nuevo". "Nunca preguntes lo que no te conviene" y "Nunca te
dejes llevar por el primer impulso". De esta manera, los tres amigos,
después de quince años, emprendieron el regreso a Jaguay Alto. Marchaban a
prisa, ansiosos por hallarse de nuevo en sus hogares. Querían enterarse cuanto
antes de la situación de sus familias. ¡Cómo las encontrarían!.
EL PRIMER CONSEJO
Durante quince días cabalgaron
sin ninguna novedad, hasta que se encontraron con un desvío, con una ruta nueva
que no conocían. A la entrada de ese sendero estaba plantado un letrero que
decía: A QUEBRADA HONDA - 15 DÍAS. Quebrada Honda era el lugar más cercano a
sus hogares.
" Con este caminito nos
ahorraremos unos quince días de viaje. - se entusiasmaron.
Uno tras otro entraron por aquel
sendero. Habían avanzado unos cien metros cuando, de repente. Domingo detuvo
bruscamente su cabalgadura. En su mente había estallado como un dinamitazo el
primer consejo del anciano: "Nunca dejes lo viejo por lo nuevo".
• ¿Qué pasa. Domingo?-se
sorprendieron sus amigos.
• Muchachos, creo que es mejor ir
por el otro camino; es un a ruta que ya conocemos. Pero es muy larga, son
quince días más de viaje.
• Si, pero es más segura. Miren
hacia dónde va a parar ese sendero: a esa cerrería que no conocemos.
Se formaron dos bandos. Domingo
que se apegaba a uno de los consejos que llevaba y que tanto le había costado,
Y el otro bando formado por Hortensio y Arnaldo quienes querían llegar cuanto
antes a sus chocitas.
Como nadie daba su brazo a torcer,
se vieron obligados a separarse. Muy apenados se despidieron con fuertes
abrazos.
• En Quebrada Honda te dejaremos
noticias nuestras. - le prometieron Hortensio y Arnaldo a su amigo
Domingo desando el camino y tomó
nuevamente la ruta conocida.
Después de treinta días llegó al
caserío de Quebrada Honda. Lo primero que hizo fue averiguar por sus amigos.
Para ello se encamino a un pequeño ranchito donde vendían comida, chicha dulce
y licores. Luego de saludar, preguntó a la mujer que atendía la venta:
• Señora. ¿por casualidad no han
dejado por aquí algún recado, dos amigos? "
¿Usted es Domingo? - lo miró con
curiosidad la mujer.
• Así es, señora, un servidor.
• Pues le tengo malas noticias de
sus amigos - se apresuró a informarle -. Quien ha estado aquí ha sido Arnaldo,
vino lodo ensangrentado el pobre: dice que en lo alto de la cerrería les salió
al encuentro una fuerza de forajidos y que después de robarles todos sus
jornales les dispararon con sus carabinas. A Hortensio lo mataron: Arnaldo tuvo
suerte porque lo hirieron en el hombro y los facinerosos lo dieron por
muerto... .
• Bendito sea Dios, y yo que
tanto les porfié para ir por el camino que ya conocíamos - se lamentaba
Domingo, llorando por la triste suerte corrida por sus buenos amigos y, sobre
todo, por el desdichado Hortensio que había dejado sus huesos por esas
cerrerías desconocidas.
• Por esas rutas siempre asaltan
- continuaba la mujer - los bandoleros han hecho sus guaridas por esos cerros
porque la gente para ahorrarse camino se mete por esos lugares sólidos. : Y
• Y ¿ Dónde se encuentra Arnaldo?
• Aquí estuvo como una semana
curándose las heridas, pero hará unos tres días que se fue. Nos encargó que le
avisáramos que va avanzando hacia una hacienda que está como a un par de días
de aquí; es de un tal don Damián Bellido, que dicen que está medio loco. Quería
trabajar unas semanas en esa hacienda para llevar algo siquiera a su casa,
porque esos bandidos lo han dejado en el aire, con la ropa que lleva puesta
nomás. :
Aquel día reposó en Quebrada
Honda. Al día siguiente, continuó nuevamente su camino. EL SEGUNDO CONSSJO.
Cabalgando fuerte y descansando
algunas horas, al medio día siguiente, logró divisar el río Chira que en esa
parte de su recorrido, sirve de límite fronterizo con el Ecuador. Las aguas
cristalinas corrían provocativas y abundantes. Luego de darse un refrescante y
reparador baño, cruzó los linderos de la hacienda de don Damián Bellido, que
estaba situada en la margen izquierda del río Chira, en el lado peruano.
A medida que se acercaba a la
casa hacienda le llamaba muchísimo la atención el abandono que allí campeaba.
No había gente trabajando y aunque las tierras se veían buenas y productivas,
estaban siendo invadidas por los overales y "borracheras". Los
árboles frutales empezaban a secarse. Aquello más bien parecía un lugar
habitado por fantasmas.
Cuando llegó a la casona,
aparecieron cuatro perros enormes que con furiosos ladridos se le fueron
acercando peligrosamente. Sacando su lampa que iba en la grupa del burro se
dispuso a defenderse. De pronto, chirrió la puerta de la mansión y apareció un hombre
barbudo y robusto. Era don Damián Bellido.
Quietos ¡Vamos, adentro! - gritó
con una voz tronante que se paseó por la desolada hacienda. Los perros
volvieron a ocultarse de inmediato.
" Buenas tardes, señor -
saludó Domingo haciendo un gesto de atención con el sombrero - Ando en busca de
trabajo. Esta hacienda no se trabaja ya, forastero; pero pase, tiene traza de
haber cabalgado duro. Le invitaré algo de comer.
A diferencia de lo que pasaba con
la hacienda, en el interior de la casa todo era asco y orden. Domingo saludó a
una jovencita vestida con ropa muy limpia, pero remendada, que caminaba con
dificultad y limpiaba a cada momento muebles, piso y paredes. El ruido metálico
que producía al caminar le hizo bajar la mirada hacia los pies de la adolescente.
Se horrorizó cuando su mirada tropezó con gruesas cadenas que se enroscaban
sobre los tobillos de la simpática jovencita. :
" Tome asiento - le invitó
el hacendado, señalándole una silla del bonito comedor de caoba que se hallaba
en la sala. Luego ordenó con dureza a la encadenada joven: - hija, tráenos algo
de comer. :
Domingo profundamente extrañado
por el abandono de la hacienda y por el encadenamiento de la jovencita, se
aprestó a preguntar.
• Disculpe, don Damián...
En aquel instante sintió como un
latigazo y le vino a la memoria el segundo consejo del anciano: "Nunca
preguntes lo que no te conviene". Ya no se atrevió a lanzar la pregunta.
¿ Decía usted? - lo interrogó a
su vez el hacendado con una mirada maligna que lo atemorizó. :
• Mucho le agradecería que me
regale un poco de agua para tomar; la sed es la que más me mata - disimuló por
su parte Domingo.
• Trae agua, hija! - gritó en un
todo que demostraba desencanto.
La joven con gran dificultad le
llevó el agua; después sirvió deliciosos platos de comida. Domingo comió hasta
chuparse los dedos, dejando algunos restos nomas.
• Ven. Hija, come- señaló hacia
el piso don Damián.
La encadenada se arrodilló debajo
de la mesa y el hacendado empezó a tirarle las sobras de la comida. La joven
los recogía y se los llevaba a la boca.
Ante este triste espectáculo.
Domingo se frotaba los ojos creyendo que era una pesadilla la que estaba
viviendo. Aquello era el colmo de los colmos. Su curiosidad empezó a desbocarse
y sintió el fuerte impulso de averiguar los motivos de tan extraña situación.
Pero, nuevamente volvió a golpear su memoria el segundo de los consejos
comprados a cambio de quince años de grandes esfuerzos y sacrificios:
"Nunca preguntes lo que no te conviene". Trató de frenar la curiosidad
que lo hincaba. Todo esto es muy raro. Quién sabe si con mis preguntas desato
un aguacero de malos recuerdos y pasiones que me hagan salir mal parado".
Se hizo él firme propósito de apegarse fielmente al segundo consejo.
El hacendado, por su parte, lo
estudiaba con gran curiosidad, como si esperase algo de él. Domingo se levantó
de la mesa para despedirse.
• Muchísimas gracias por su
hospitalidad, don Damián; ahora tengo que irme porque todavía tengo un largo
trecho por delante.
• Pero, amigo, cómo se va a ir. Se
le nota muy cansado, quédese a cenar con nosotros y duerma aquí. Mañana ya mas
descansado podrá seguir viaje a su cerrería. Vamos, acepte por favor.
• Bueno, no me caería mal
descansar bien durante una noche.
• Hija. j prepara un cuarto para
nuestro huésped!.
Durante la cena se repitió la
misma situación de la anterior comida. Luego, fue guiado a uno de los
dormitorios donde cayó pesadamente.
Al día siguiente se levantó muy
temprano dispuesto a salir rápidamente de allí. En la sala lo esperaba el
hacendado con el desayuno servido. .
Mientras desayunaba, la joven
volvió a recoger las migajas que el despiadado padre le arrojaba. Una vez que
hubo terminado el desayuno:
• Muchísimas gracias por su
hospitalidad, don Damián; a usted señorita, muchas gracias también. Ahora si
tengo que seguir mi camino.
El hacendado lo acompañó a la
puerta, incluso lo ayudó a ensillar su burro. Montó y empezó a alejarse de
aquel lugar extraño.
De pronto unos gritos lo
detuvieron :
•¡ Amigo, espere! ¡ Deténgase por
favor!
Volvió su cabalgadura. Era don
Damián que gritando, corría hacia el.
• ¿ Qué pasa? - preguntó
extrañado-
• ¡ Necesito hablar con usted!
• ¿Hablar conmigo? ¿Sobre qué?
• Pues, sobre todo lo raro que le
habrá llamado la atención aquí, sobre mi descuido personal, sobre el porqué no
se trabaja esta hacienda. Pase por favor a la casa - suplicó.
• Bueno, don Damián, si eso es lo
que usted quiere.
Otra vez se encontró en el interior
de la casona. El hombre a penas vio a su hija se apresuró a sacar de uno de sus
bolsillos de su pantalón, unas llaves y la liberó de las pesadas cadenas.
Sollozando amargamente curó los lastimados tobillos de la desdichada joven,
quien al verse libre de aquel martirio derramó muchas lágrimas de alegría. La
que más le emocionaba y enternecía era la humanidad que su padre le volvía a
mostrar después de tantos años.
Domingo miraba extrañado todo
aquello. Su asombro fue mayor cuando el barbudo hombre le dijo:
• Muchas gracias, amigo, muchas
gracias por haberme liberado a mi hija y a mi de esta situación tan inhumana;
usted me ha liberado de una espantosa locura a la cual estaba encadenado por
una terrible promesa que hice hace muchos años, llevado por el rencor y el
odio.
• Francamente, don Damián, que no
entiendo nada de nada.
• Le explicaré. Todo empezó hace
unos diez años. Antes era un hombre feliz, tenía una esposa bellísima y esta
hija que junto con la hacienda, eran la pasión de mi vida lo eran todo para mí.
Esta era la hacienda más próspera. Pero, desgraciadamente mi esposa me
traicionó con un hombre a quien le brinde mi hospitalidad y fugó con ella.
Lleno de odio y de celos me dedique a buscarlos y no paré hasta encontrarlos y
darles muerte. Perdí interés por todo y me volví un ser terrible y maligno;
encadene a mi hija y me hice la inhumana promesa de mantenerla así y tratarla
como a un animalito. Sólo la liberaría de esa situación, el día que un hombre a
quien brindara mi hospitalidad mantuviera una conducta irreprochable, incluso
que no demostrara la más leve curiosidad impertinente por lo que aquí viera.
Por ello, a todo el que pasaba por aquí le ofrecía mi hospitalidad, pero ni
bien pisaban la casa, de inmediato su curiosidad se desbocaba y querían
averiguar hasta el mínimo detalle. Para esos impertinentes me había hecho la
promesa, también, de castigarlos con la muerte. Acompáñeme.
Lo llevó hacia un enorme caserón
que se encontraba cerca del río. Abrió de par en par unas pesadas puertas y. ante
los ojos de Domingo, aparecieron cadáveres de numerosos ahorcados que lo
llenaron de horror. Pero más grande fue su espanto y su tristeza, cuando
alcanzó a ver el cadáver de su amigo Arnaldo.
• Fíjese, usted, todos los
crímenes que he cometido llevado por mi diabólica promesa. Gracias a usted ha
llegado el momento de pagar por mis crímenes - mientras hablaba se ocultaba el
rostro con sus velludas manos.
Las lágrimas rodaban por el
curtido rostro de Domingo: sus dos mejores amigos habían perdido la vida lejos
de sus familias y de su terruño, la tan amada cerrería de Jaguay Alto.
El hacendado por su parle seguía
hablando con voz tronante.
• Paro aquel hombre
extraordinario, capaz, de sofrenar su lengua y curiosidad, me había prometido
otorgarle una recompensa también extraordinaria: la mitad de mi fortuna que es
enorme y la mitad de mis tierras. Haré un testamento a favor suyo y de mi hija.
Luego me entregare a las autoridades. Ahora comprenderá, usted, porque le estoy
muy agradecido.
Dos días después, con un
documento que lo convertía en rico propietario y dueño de un considerable
capital. Domingo; enrumbó a la cerrería de Jaguay Alio. iba con el pensamiento
de traer a su familia a las tierras que había ganado con el segundo de los
consejos.
EL TERCER CONSEJO
Domingo avanzaba contento,
entristeciéndole únicamente las trágicas muertes de sus queridos amigos con
quienes compartiera penas y alegrías desde muy pequeño. Pero se había hecho la
noble promesa de ayudar a las familias de sus amigos y darles parte de su
fortuna. Por eso, además de la briosa mula que ahora montaba, llevaba una piara
de burros con abundantes regalos. Se felicitaba por haber aceptado el cambio de
sus jornales por los tres consejos: de lo contrario, en lugar del contento que
llevaría a las tres familias, quizás se encontraría con sus pobres huesos
regados por tierras ajenas. Los que más le agradaba era la justa recompensa que
daría a los tres hogares por la larga espera, por el sufrimiento y penalidades
que, sin duda habían pasado.
Animado por esos pensamientos,
avanzaba sin descanso. Tres días después, en un amanecer, alcanzó a divisar las
chocitas de Jaguay Alto. A medida que se acercaba, su gozo iba en aumento. En
el amplio corredor de su choza se encontraba una señora.. ¡ Era la Santos, su mujer!.
Se puso loco de contento. Estaba tendiendo unos sacos vacíos, un tendal, donde
seguramente iba a desparramar el maíz para que se asolee. De pronto, una
presencia lo estremeció. Por detrás de la casa apareció un hombre ensillando un
burro. La mujer entro y salió portando un chanchero que entregó al hombre.
"El fiambre", pensó. El hombre, un mocetón, se acercó a la mujer y la
besó cariñosamente. . :
Su pensamiento fue ligero. Todas
sus ilusiones y alegrías se derrumbaron. Preso de la cólera sacó su
garantizado, un filoso machete, y clavó las espuelas en su cabalgadura. Por su
familia había salido en busca de nuevos horizontes, pasando penurias y hasta en
peligro de perder la vida como sus desdichados amigos. Y su mujer lo engañaba
miserablemente. Se sentía humillado, pero estab decidido a terminar con la vida
de su mujer y de su amante.
El sombrero voló de su cabeza por
la loca carrera que llevaba. En medio de la tormentosa oscuridad que lo
envolvía como el resplandor de un relámpago, lo estremeció el tercer consejo
del anciano: '"Nunca te dejes llevar por el primer impulso". Frenó la
desbocada carrera de su mula. Ya estaba junto al corredor de su ramada. El
hombre que se encontraba montado ya en el burro, y la mujer lo miraron con
extrañeza.
• ¿Qué se le ofrece, señor? - le
preguntó su mujer.
• De tal manera que no me ha
reconocido - pensó - No en vano han sido quince largos años lejos de
ella".
• Soy comerciante, señora -
mintió- vendo telas buenas y baratas.
• ¿No lleva, por casualidad,
pantalones de hombre?
• Claro que si. ¿De qué talla
desea?
• Como para este muchacho - dijo
señalando al mocetón - es mi hijo que quiere acompañarse ya.
¿Tu hijo? i Mi hijo! - gritó loco
de contento, pues amaba a su mujer.
• ¡ Qué sonso, dejé a mi pequeño
Segundo Domingo de ocho años, ahora debe tener veintitrés, pues!
• ¡Mujer! ¡ Hijo! ¿Es qué. acaso
no me reconocen? ¡Soy Domingo! – se dio a conocer.
• La mujer lo miró detenidamente.
Al reconocerlo, fue enorme su alegría. Se estrecharon con un fuerte y amoroso
abrazo ante los gritos de júbilo de su hijo. : Tal como lo había prometido,
ayudó a los familiares de sus amigos y se estableció con su mujer y su hijo en
la parte de la hacienda que heredara de don Damián Bellido. Nunca se cansaba de
contar su gran aventura a familiares, amigos y visitantes. Y hasta hoy, pese a
que han transcurrido muchísimos años, todavía se sigue contando en esta parte
de la frontera la historia de Domingo con el nombre de "Los tres amigos y
los tres consejos".
De esta manera brillante remató
su relato don Fermín, el cerreño.
Cuando bajaba por el sendero de
la colina hacia la carretera que conduce al caserío de Playas de Romeros,
empecé a pensar en el espíritu y las incidencias de aquella historia. Una
historia que se ajustaba de manera biunívoca y perfecta con esta soberana
quietud de la frontera.
Las sombras, cada vez más densas,
acrecentaban el augusto y cósmico silencio que reina en estos alejados y
abandonados límites de nuestra patria. Uno tiene la impresión de que los
habitantes de estas soledades consideran esta tierra como un espacio esencial,
como una dimensión irremplazable que les permite fundirse con algo que les semeja
a; la eternidad...
. (GENARO MAZA VERA )
me encanta
ResponderEliminar